La tiroiditis de Hashimoto y la enfermedad celíaca comparten una base autoinmune y pueden coexistir con más frecuencia de lo que parece, de manera que cuando ambas coinciden, seguir una dieta estricta sin gluten sigue siendo imprescindible, pero el abordaje nutricional se vuelve más complejo, ya que hay que vigilar déficits, síntomas solapados y hasta la forma de tomar la medicación tiroidea.

 

La primera idea clave es que la tiroiditis de Hashimoto no obliga por sí sola a eliminar el gluten, de manera que la única indicación clara de una dieta sin gluten de por vida sigue siendo la enfermedad celíaca, en quienes el gluten desencadena una respuesta inmunitaria que lesiona el intestino delgado. Sin embargo, distintos estudios han observado que la celiaquía y las enfermedades tiroideas autoinmunes, como Hashimoto, aparecen asociadas con más frecuencia que en la población general, lo que obliga a mirar ambas patologías como parte de un mismo terreno autoinmune.

Cuando una persona celíaca también padece Hashimoto, el principal reto no es “hacer más estricta” la dieta sin gluten, sino hacerla mejor. Si la celiaquía no está bien controlada, la inflamación intestinal puede dificultar la absorción de hierro, calcio, vitamina D, vitamina B12, folato, magnesio y zinc. Al mismo tiempo, el hipotiroidismo que suele acompañar a Hashimoto puede causar cansancio, estreñimiento, lentitud mental o aumento de peso, síntomas que a veces se confunden con los de una celiaquía mal controlada o con déficits nutricionales persistentes. Esa superposición puede retrasar ajustes dietéticos y médicos necesarios.

En la práctica, la alimentación sin gluten del celíaco con Hashimoto debe centrarse en la calidad nutricional, de manera que no basta con sustituir pan, pasta o galletas por sus versiones “gluten free”, a menudo más pobres en fibra o enriquecimiento vitamínico y más ricas en azúcares y grasas. El patrón más recomendable prioriza alimentos naturalmente sin gluten tales como legumbres, frutas, verduras, frutos secos, huevos, pescado, carne, lácteos si se toleran y cereales como arroz, maíz, quinoa o trigo sarraceno, para cubrir mejor necesidades de energía, proteína y micronutrientes. En muchos casos, además, conviene monitorizar analíticamente hierro, ferritina, vitamina D y B12.

En cualquier caso, no hay pruebas suficientes para recomendar una dieta sin gluten a todas las personas con Hashimoto si no son celíacas. Otra cosa distinta es el paciente que sí tiene diagnóstico confirmado de enfermedad celíaca, en el que retirar el gluten no es una moda ni una estrategia opcional para “desinflamar”, sino el tratamiento esencial para reparar la mucosa intestinal y reducir complicaciones. Así las cosas, cuando el intestino se recupera y mejora la absorción, algunos parámetros generales de salud pueden estabilizarse, pero eso no significa que el gluten sea el origen universal del problema tiroideo.

También hay un aspecto muy práctico que suele pasarse por alto: la levotiroxina, un fármaco habitual en el tratamiento del hipotiroidismo por Hashimoto, debe tomarse correctamente para absorberse bien, ya que el exceso de fibra justo al mismo tiempo, así como suplementos de hierro o calcio, pueden interferir en su absorción. En un paciente celíaco esto es especialmente relevante, ya que a menudo necesita precisamente suplementos para corregir carencias. De esta manera, la coordinación entre endocrinología, aparato digestivo y dietista-nutricionista resulta clave para ordenar horarios, evitar interacciones y distinguir si un mal control se debe a la dieta, a la medicación o a ambas cosas.

En definitiva, la tiroiditis de Hashimoto no cambia la norma básica del celíaco de no tomar nada con gluten, sin excepciones, pero sí obliga a afinar el abordaje nutricional y clínico, ya que la convivencia de ambas enfermedades aumenta la probabilidad de síntomas imprecisos, déficits mantenidos y dudas sobre qué está fallando.

Por eso, más que buscar dietas milagro, el objetivo debe ser construir una alimentación sin gluten equilibrada, segura y bien supervisada, que permita cuidar al mismo tiempo el intestino, la tiroides y la calidad de vida.