Los celiacos que no siguen "correctamente" la dieta podrían tener síntomas digestivos y verse afectados en su día a día, pero también presentar complicaciones derivadas de una mala absorción de nutrientes, como anemia ferropénica u osteoporosis, motivo por el que los expertos recomiendan que esta dieta debe mantenerse "sin incumplimientos", incluso por parte de aquellos pacientes que no presentan síntomas digestivos al consumir gluten.
Seguir una dieta sin gluten no consiste solo en retirar el pan, la pasta o la bollería convencionales. En las personas con celiaquía, esa pauta debe ser además estricta, segura y nutricionalmente completa, y el problema no se queda en el aparato digestivo, ya que el intestino dañado pierde capacidad para absorber minerales y vitaminas esenciales, y esa carencia sostenida puede comprometer la salud ósea hasta el punto de favorecer osteopenia y, en casos más avanzados, osteoporosis incluso en personas jóvenes.
La explicación médica parte del propio daño intestinal que causa la enfermedad celíaca cuando el gluten sigue presente, aunque sea en pequeñas cantidades. Las vellosidades del intestino delgado se inflaman y se atrofian, de modo que la absorción de calcio y vitamina D deja de ser óptima.
A ello se suma que la inflamación crónica altera el equilibrio natural entre la formación y la destrucción del hueso. El resultado es una pérdida progresiva de densidad mineral ósea que puede pasar desapercibida durante años, porque no siempre da síntomas hasta que aparecen el dolor, la fragilidad o una fractura inesperada.
Por eso la osteoporosis asociada a la celiaquía rompe un tópico muy extendido, al demostrarse que no es solo una enfermedad de la vejez. Distintas fuentes clínicas y divulgativas especializadas advierten de que una baja densidad ósea puede detectarse ya en el momento del diagnóstico de la celiaquía, especialmente si este llega tarde o si la dieta no se cumple bien.
En etapas como la adolescencia y la primera adultez, cuando todavía se está consolidando el pico de masa ósea, una alimentación deficiente puede dejar una “hipoteca” ósea para el futuro. Dicho de otro modo, unos huesos mal nutridos en edades tempranas parten con desventaja durante el resto de la vida.
Entre los grandes errores, destaca el de pensar que cualquier producto etiquetado como “sin gluten” es automáticamente saludable, ya que en la práctica, muchos sustitutos comerciales están hechos con harinas refinadas y pueden contener menos fibra, menos micronutrientes y una peor calidad nutricional global que sus equivalentes convencionales. Si además la dieta desplaza alimentos naturales sin gluten y ricos en nutrientes, tales como legumbres, frutos secos, verduras, pescado azul o lácteos tolerados, el riesgo aumenta.
Es decir, no basta con eliminar el gluten, sino que hay que reconstruir una alimentación variada, suficiente en calcio, vitamina D, proteínas y otros nutrientes que participan en el mantenimiento del hueso.
La adherencia tampoco siempre falla por descuido, y en muchos casos intervienen factores económicos, sociales y prácticos, como comer fuera de casa, interpretar mal un etiquetado, confiar en una fritura compartida o desconocer ingredientes de riesgo. De hecho los especialistas recuerdan que una parte importante de las personas con celiaquía no sigue correctamente el tratamiento, a veces sin saberlo, y continúa expuesta al gluten de manera accidental. Esta exposición mantenida puede reactivar el daño intestinal y perpetuar déficits nutricionales que, con el tiempo, acaban repercutiendo en el tejido óseo.
La buena noticia es que esta cadena se puede frenar con un diagnóstico precoz, una dieta sin gluten estricta y bien planificada, y el seguimiento por parte de gastroenterología y nutrición, que pueden favorecer la recuperación intestinal y mejorar la densidad ósea.
Así las cosas, una mala dieta sin gluten puede parecer inocua cuando los síntomas digestivos son leves o intermitentes, pero sus consecuencias pueden ser profundas y silenciosas. Entre ellas, la pérdida de masa ósea ocupa un lugar especialmente relevante porque afecta a la autonomía, aumenta el riesgo de fracturas y puede aparecer antes de lo que muchos imaginan.
Hablar de prevención en celiaquía es, también, hablar de huesos y de protegerlos desde temprano con información fiable, vigilancia clínica y una alimentación realmente equilibrada.
A esto se le suma el impacto económico de la dieta sin gluten, ya que la cesta de la compra de una persona con celiaquía se puede encarecer en alrededor de 1.000 euros cada año. "En la enfermedad celiaca existe una asociación familiar: cuando hay una persona celiaca en la familia, aumenta la probabilidad de que otros miembros también lo sean, lo que multiplica el impacto económico en algunos hogares", ha explicado el experto.
Aunque todavía no existe ningún fármaco capaz de sustituir o permitir realizar incumplimientos en la dieta sin gluten, parte de los esfuerzos en investigación se dedican a encontrar estrategias terapéuticas dirigidas especialmente al pequeño porcentaje de personas que no responde adecuadamente a la dieta sin gluten, o a aquellas que tienen dificultades para seguirla de forma estricta por motivos sociales o relacionados con su estilo de vida.
Estas líneas de investigación, en general, buscan mejorar la calidad de vida de los pacientes ante la dificultad de mantener una dieta completamente libre de gluten.

